
La lucha de clases en Chile, como en todas partes del mundo hoy, se desarrolla siempre mediada por las formas y relaciones sociales capitalistas. Este es también el terreno de la ofensiva burguesa actual emprendida por el gobierno de Kast —amparado, por cierto, también en las leyes represivas heredadas por el gobierno post-revuelta de Boric[1]—. El objetivo de los recortes en «gastos sociales» es aumentar al máximo el grado de explotación de la clase trabajadora disminuyendo el costo de la fuerza de trabajo para el capital. En efecto, el presupuesto de salud, educación, seguridad social, etc., todos estos servicios públicos que entran en la reproducción de la fuerza de trabajo, son financiados con el excedente de trabajo que el conjunto de los capitales arranca a la clase trabajadora.
El objetivo es, entonces, aumentar la masa global de plusvalor o trabajo excedente de la clase trabajadora apropiado por el capital disminuyendo coercitivamente el valor de la fuerza de trabajo (que incluye los servicios sociales que entran en su reproducción). Si el Estado deja de desviar una parte del plusvalor que se apropia hacia educación, salud, etc., se transfiere ese costo a la clase trabajadora y, de esta manera, aumentan las ganancias y la concentración de determinados capitales. Sin embargo, esto no quiere decir que realmente vaya a funcionar incluso en términos capitalistas. Después de todo, la clase trabajadora compra con sus salarios las mercancías producidas por los diferentes capitales. Si se recorta al máximo el gasto social y se empuja a una situación de miseria a la clase obrera, eso redunda en una baja del consumo y, por lo tanto, en una pérdida para los capitales. Menos empresas invertirán en el país ante la falta de perspectivas de consumo, etc. Entendiendo esto cabe preguntarse por qué, de todas maneras, la burguesía nacional emprende este camino que socava las condiciones mismas de la acumulación capitalista.
Las razones de fondo se encuentran en la crisis de un modelo de acumulación capitalista en Chile instaurado a partir de la violenta contrarrevolución capitalista de 1973, que consolidó al país como una economía primario-exportadora y, por lo tanto, con un marcado carácter extractivista.
Chile es un órgano fundamental de la “mina planetaria” del capitalismo mundial (véase la obra de Martin Arboleda al respecto[2]). En tal determinación, el modelo de acumulación capitalista en Chile exige, para su perpetuación, la intensificación del grado de explotación de la fuerza de trabajo y de la naturaleza, pero la solución burguesa a esta crisis del capitalismo chileno, expresión local específica del capitalismo mundial, requiere lograr este aumento de la explotación de la fuerza de trabajo sin revolucionar las condiciones de producción. Es decir, sin transformar el modelo de acumulación capitalista específico del capitalismo chileno y, por lo tanto, consolidando su carácter de economía primario-exportadora (o sea, extractivista).
Esto se profundiza, de hecho, con la consolidación de Chile como un hub tecnológico ligado específicamente a la proliferación de centros de datos. Esto es, se consolida un proceso de continua modernización capitalista, pero se mantiene el carácter primario-exportador de marcado corte extractivista, pero ahora sobre la base de las nuevas tecnologías de Inteligencia Artificial que se posicionan en todo el mundo como condiciones generales de la producción –y, por lo tanto, como instrumento maquínico de explotación intensificada del proletariado[3]– .
En efecto, el poder material de la burguesía chilena, y de los grandes capitales internacionales que aquí operan, están ligados todos a este modelo de acumulación de capital. De ahí que la solución represiva que emprende el gobierno de Kast a la crisis esté determinada por estás condiciones específicas de la acumulación capitalista en Chile. Son fanáticos ultra capitalistas y autoritarios, sí, y son muy peligrosos también –después de todo entre sus filas hay conocidos represores y asesinos–, pero lo son precisamente porque las condiciones de reproducción de su poder material exigen mixturar la explotación desmedida de la clase trabajadora junto con la consolidación y perpetuación de un determinado modelo de acumulación capitalista.
En el corto plazo, y en lo político —que es lo más importante para una perspectiva revolucionaria que tenga por meta la abolición del Estado y las clases—, esto significa que se fortalecerán de manera represiva las condiciones de la acumulación capitalista en Chile a costa de la instauración de una explotación desmedida de la clase trabajadora (entendida en su sentido amplio, desde el proletariado manual hasta los asalariados intelectuales, reproductivo o de cuidados, científicamente formados, etc).
La experiencia histórica acumulada nos ha enseñado varios ejemplos de las consecuencias de la explotación desmedida sobre la clase trabajadora. De hecho Marx en el cap. VIII de El Capital, al analizar la historia de la jornada laboral, señala que una clase obrera desmoralizada que vive al límite de la supervivencia resulta no sólo impotente políticamente, sino que con frecuencia se desliza hacia la reacción. Está constatación de Marx contrasta con la convicción que una parte importante del movimiento revolucionario sostuvo durante el siglo XX: el aumento absoluto de la miseria empujará de manera automática a la clase obrera, ahora sin nada que perder, a la revolución mundial. Por el contrario, la realidad es que, al encontrarse sumergidos en la desmoralización, la superexplotación y el agobio por las deudas, segmentos completos de la clase trabajadora se trasladan hacía las filas de la reacción o encuentran posibilidades de reproducción material dentro de ramas de la acumulación capitalista directamente ligadas a la contrainsurgencia preventiva permanente —como, por ejemplo, en las empresas criminales o narco-capitalistas—. Es un hecho que los votantes de Kast y quiénes aún le apoyan a tres meses del comienzo de su gobierno —al igual que sucede con el resto de la ola conservadora en el continente (desde Bukele a Keiko, aunque con características específicas en cada país)—, no vienen sólo de los sectores privilegiados, sino que en buena medida de los sectores medios y bajos empobrecidos por la propia crisis y reestructuración del capitalismo mundial.
Por otro lado, es evidente que la disputa en torno al secreto bancario dentro de los palacios de la institucionalidad burguesa expresa antagonismos de clase al interior de la propia clase dominante. Es claro que la derecha chilena, constituida en su forma contemporánea por la contrarrevolución de 1973, por la instauración del modelo de acumulación denominado neoliberal y por la defensa más enconada de su continuidad, ha estado históricamente ligada a la industria narco-capitalista. Los cambios mundiales en las cadenas de valor dentro de esta rama criminal de la acumulación de capital han transformado a Chile de ser inicialmente una ruta de tráfico hacia el norte global y un pequeño mercado interno de consumo, a ser un mercado multimillonario (16 mil millones de dólares, equivalente al 5% del PIB)[4]. Esto ha implicado no sólo una transformación del mercado local, sino de la propia industria al interior del país, con marcada presencia de organizaciones multinacionales, lo que supone necesariamente una imbricación con agentes económicos y políticos de las clases dominantes locales.
La ultraderecha obtiene de esto, por supuesto, sendos beneficios: se financia económicamente con el dinero del narco-capital y de las grandes empresas que operan en el país y obtiene beneficios políticos vendiendo el discurso de la seguridad, pero en la práctica genera las condiciones para el crecimiento de la industria narco-capitalista que no sólo le reporta beneficios económicos, sino beneficios ligados a la instauración de un estado de excepción permanente generado por la proliferación del crimen. Además, desde la revuelta de 2019 y los procesos que le siguieron se ha hecho evidente el trabajo coaligado entre mafias, crimen organizado y las fuerzas represivas del Estado –después de todo, les une el interés supremo por la mantención de la paz social del capital, que se realiza a costa de, por supuesto, mantener en la miseria y en un estado de terror permanente a una fracción creciente de la población–. La clase trabajadora está, por lo tanto, rodeada por sus enemigos de clase –puesto que sus intereses le son antagónicos–, aterrorizada por el Estado y por el crimen organizado –que en la práctica es una fracción paralegal de ese mismo Estado– y sometida un estado de explotación intensificada, precarización y terror social planificado que tiende a desmoralizarla e impedir su organización autónoma.
En la medida que el Estado y la izquierda del capital son incapaces de entregar una solución real a los problemas inmediatos de la clase trabajadora —puesto que navegan sobre el antagonismo de clase y lo perpetúan—, las promesas de venganza social hacia quiénes consideran responsables de su empobrecimiento y agobio ganarán cientos de miles de adeptos. El Estado y el capital no sólo crean la situación de miseria y terror social que fortalece el auge de las nuevas formas de reacción, sino que también provee los chivos expiatorios de la crisis y reestructuración capitalista. No importa que las promesas milagrosas y formas de enriquecimiento facilistas sean materialmente imposibles, o incluso que los discursos de la ultraderecha estén plagados de evidentes mentiras. A quién está a punto de ahogarse, se le venderá una piedra como salvavidas. En tal sentido, las nuevas formas de reacción, en Chile y en el mundo, han sido muy hábiles para explotar los sentimientos genuinos de rabia, humillación y frustración, creados por un sistema que explota intensificadamente el trabajo humano al mismo tiempo que lo desvaloriza, y desviarlo hacia chivos expiatorios entre las fracciones más empobrecidas del proletariado mundial —migrantes, refugiados, extranjeros, etnias no-blancas, etc[5]—.
Ciertamente esto no sólo se debe a su enorme poder material y a su titánico aparato de propaganda digital omnipresente. Se debe también a que, efectivamente, el sistema crea determinados modos de subjetividad en los que la propagando reaccionaria encuentra realmente un eco. Ello, por supuesto, no opera nada más que de manera tendencial —de lo contrario sería imposible la transformación radical de la sociedad capitalista—, pero es un factor subjetivo, y por lo tanto material, que nadie con un compromiso serio por la producción del comunismo debería escamotear.
Por el contrario, esto debe ser motivo de urgente preocupación para quiénes sostienen una perspectiva revolucionaria, ya que la instrumentalización de enormes sectores de la clase trabajadora por parte de la reacción no se soluciona únicamente con la propagación y agitación de ideas radicales —aunque continúe siendo una labor necesaria y fundamental—. Más bien, sólo podría solucionarse mediante una práctica transformadora de las condiciones inmediatas de existencia de la clase, en particular de aquellas que más inciden en la desmoralización, despolitización, atomización y fragmentación del proletariado. Comienza, por lo tanto, con una politización del malestar y el sufrimiento socialmente producido por el sistema que se orienta directamente a la raíz de los problemas.
En Chile, por lo tanto, el epicentro de la lucha de clases está, entonces, en las mediaciones capitalistas que sostienen la reproducción de la clase obrera como clase obrera (salario, salud, educación, seguridad social, etc). Una perspectiva revolucionaria no puede, ni debe, considerar estas luchas como puramente reformistas (eso sería un error de lectura de nuestro periodo histórico). La prueba más grande de ello es que la revuelta más grande de la historia contemporánea en Chile fue el resultado de una lucha que comenzó por el alza del pasaje del transporte –aunque por supuesto no se agotó, como los hechos lo prueban, en ese puro factor contingente–. Por el contrario, una perspectiva con coherentemente anticapitalista debe promover de manera crítica su radicalización y, en primera instancia, la conquista de mejoras en las condiciones de vida de la clase, pero a través de medios que supongan su fortalecimiento político y social como fuerza histórica y revolucionaria. Esto implica una doble tarea; por un lado, promover una perspectiva radical con una consciencia clara de la transformación radical y sus enormes tareas históricas; por el otro, una articulación con las luchas inmediatas de la clase que promueva la politización del malestar y su radicalización.
El comunismo no caerá del cielo como resultado de una radicalización inmediata y espontánea del proletariado —aunque la espontaneidad forma parte fundamental del desarrollo de la lucha de clases—. Quizás, visto en su dialéctica inmanente, lo espontáneo tiene su condición de posibilidad en las luchas previas, en una acumulación de experiencias, de fuerza y de conciencia crítica, mientras que los quiebres pre-revolucionarios –como la revuelta de 2019– son imposibles sin la espontaneidad viva que es su presupuesto fundamental.
El comunimo es el resultado posible de la lucha de clases del proletariado en cuanto proletariado. Es decir, luchando como clase del capital, defendiendo las condiciones de su reproducción como tal. Es precisamente luchando de esta manera, en el único terreno en el que puede luchar inmediatamente —es decir, el del capital—, que se pueden producir las brechas que posibilitarían la ruptura con las relaciones sociales capitalistas. O sea, emergiendo desde ellas, en contradicción con ellas y produciendo su subversión necesaria a través de la producción de una interdependencia social emancipada: el comunismo.
«No se trata de lo que tal o cual proletario o incluso todo el proletariado considera como fin en un momento dado. Se trata de lo que el proletariado es, y de lo que, conforme a su ser social, se verá obligado a hacer históricamente» (Marx).
Notas
[1] Podemos mencionar la nueva ley antiterrorista, la ley anti-stickers, la ley anti barricadas y la ley naín retamal (o también llamada gatillo fácil), entre otras. Por otro lado, es claro que, interpretado históricamente, el gobierno de Boric supuso una determinada dirección de la crisis abierta por la revuelta. Como él mismo declaró, su misión era impedir que hubiesen otros estallidos sociales. En este sentido, puede entenderse su gobierno como la manera particular en la que una fracción de la elite política-económica chilena intentó asegurar la paz social del capital por la vía de una serie de concesiones a las demandas sociales inmediatas que emergieron durante la revuelta. El gobierno de Kast supone así simultáneamente una continuidad y discontinuidad del gobierno de Boric. Continuidad, porque retoma y profundiza las razones de Estado, es decir del capital, que impulsaron en lo fundamental al gobierno de Boric en cuanto garante de las condiciones de la acumulación capitalista en Chile. Discontinuidad, porque supone la manera en que otra fracción de la clase dominante quiere gestionar la crisis por la vía del desmantelamiento completo de las barreras legales y sociales a la explotación de trabajo excedente.
[2] M. Arboleda, Planetary Mine: Territories of Extraction Under Late Capitalism, Verso, 2020.
[3] Véase: Dyer-Witheford, Nick, Atle Mikkola Kjøsen y James Steinhoff (2024). Poder inhumano. Inteligencia Artificial y el futuro del capitalismo. Buenos Aires: Prometeo Editorial.
[4] Esto según los datos del economista Sergio Urzúa recogidos en una entrevista al medio reaccionario Ex-Ante:
https://www.ex-ante.cl/sergio-urzua-y-crimen-organizado-chile-tiene-que-batallar-contra-un-poder-economico-significativo/
[5] Un ejemplo actual de aquello es el estallido de violencia antiinmigrante en Belfast (Irlanda del norte), hordas de grupos de ultraderecha llevan días incendiando viviendas y autos de población migrante y racializada en el país. Acciones que recientemente han sido respondidas por organizaciones de izquierda en protección de la población racializada.